martes, 10 de enero de 2012

EL VAPULEADO VERBO HABER


Luego de una larga ausencia estamos aquí. Existen algunas novelas que nos provocan un cierto temor reverencial por su importancia en la literatura universal pero también, confesémoslo, por su extensión; mil páginas de genialidad literaria se engullen con, digamos, alguna dificultad. Pero un amante de la literatura no debería pasar por la vida sin haberse zambullido alguna vez en El hombre sin atributos, Ana Karenina, Don Quijote, Los hermanos Karamazov, En busca del tiempo perdido, La montaña mágica o Ulises. El largo confinamiento y reposo al que me vi sometido en estas fechas, me permitió hincarle el diente, con placer, a esta última obra maestra.

Pero vamos a lo nuestro. Nos ocuparemos de uno de los verbos más importantes: haber. Contra él, como observaremos, se perpetran muchísimos desaguisados.

Esta usted, muy, pero muy equivocado si dice o escribe frases como:

Han habido muchos inconvenientes hoy
Que hayan nuevos especímenes
Haber, ¿dónde está el almuerzo?
Habemos algunos profesores muy interesados
Habrán circunstancias especiales
¿No lo sabes? Hubieron problemas que ni para qué te cuento.
¡Ojalá hubieran políticos honestos!
Habemos visto vociferando al artesano
Si no me avisa hubiera perdido la ida a clase
Hoy sabemos que pueden haber oportunidades

No se extrañe si cuando pronuncia frases como las anteriores alguno de sus oyentes enarca las cejas o arruga la nariz y de pronto, si le tiene confianza, le diga “Ey socio, no maltrate tanto el idioma”

Resulta que haber actúa como verbo impersonal y como verbo auxiliar. En el primer caso es sinónimo de existir u ocurrir; así, existe o hay una ventana rota, hubo u ocurrió un accidente. En todos los casos se usa solo la tercera persona del singular. No puede decirse yo he libros o tú habrás casas, ¿no? Por ello el verbo nunca, ténganlo claro, nunca, se pluraliza. Por eso no hubieron sino que hubo problemas, habrá (y no habrán) momentos alegres, y ojalá, santa inocencia, hubiera políticos honorables.

Por supuesto que decir “habemos siete personas interesadas” está mal, pero algunos reemplazan la expresión por otra casi tan equívoca: hay conmigo. En todos lo casos es suficiente con reemplazar el haber con somos o estamos, como en "en la reunión estamos ocho".

Haber funciona fundamentalmente como verbo auxiliar. Sirve para construir los tiempos compuestos de todos los verbos: he visto, habían trabajado, había comido, has construido, hubiéremos esquilmado, habremos pernoctado, hube ascendido. En todos los casos el verbo acompaña a otro que siempre va en participio, esto es, cuando se trata de verbos regulares, un verbo terminado en ado, ido, o simplemente en o, como en los irregulares, anduvo o vio. Como se nota, en estas circunstancias el verbo debe sujetarse a la concordancia de número. 

Con frecuencia se confunde haber con la expresión homófona a ver. “Haber, ¿quién invita el guaro?” Eso se dirime fácilmente utilizando un veamos que siempre es posible cuando se trata de la segunda expresión Lo correcto, además de meter la mano al bolsillo y no pasar por "gotera" es decir: “a ver (o veamos), ¿quién invita…?”

Con el habemos hay una excepción simpática: en la prosa literaria o en la lengua culta es admitido como variante de la expresión “habérselas”, que tiene la acepción de enfrentarse a; tal y como seguramente afirmaron los eruditos jueces que se ocuparon de Agro Ingreso Seguro o la Dirección Nacional de Estupefacientes: “nos las habemos con bandidos”.

martes, 8 de noviembre de 2011

LA NUEVA ORTOGRAFÍA DE LA LENGUA ESPAÑOLA (II)


Adeudaba la segunda parte de los cambios introducidos en la ortografía de la lengua española. Menciono los más significativos. Esos mismos y otros pueden consultarse en el portal de la Real Academia Española: http://www.rae.es/ Un ejemplo de la pulcra incorporación de las disposiciones son el periódico y la agencia de prensa de Unimedios, el sistema de comunicación de la Universidad Nacional de Colombia, seguramente como resultado del celo profesional de periodistas y correctores de estilo. En algunos diarios nacionales aún se encuentran titulares como “El ex jugador visitó la cancha”, “La Ministra Campo respondió cuestionamientos” o “No hubo quórum en la plenaria” lo que, habida cuenta de la parcialidad informativa de algunos medios, es lo de menos.

Desaparece la tilde de algunas palabras. Desde ahora palabras como guion, truhan, Sion o frio carecen de la susodicha rayita. En cada una de ellas hay un diptongo, esto es, la existencia de dos vocales en una misma sílaba; como podrán notar son monosílabos y por tanto no se tildan. Bueno, dirán ustedes, ¿y cómo es que sí la tienen algunas veces palabras como dé (de dar), té (bebida) o sé (de saber o ser)? Esas tildes, que constituyen una excepción, son diacríticas, y se utilizan para evitar confusiones entre los términos mencionados y otros en los que cumplen el papel de preposición, la primera, y pronombres la segunda y tercera. Dos ejemplos de ello son: ¿te sirvo el té? y solo sé que se lo advirtieron.

En el pasado, la tilde se justificaba en esas palabras porque algunos hispanohablantes las pronunciaban como bisílabas, es decir, como si en vez de diptongos tuvieran hiatos (vocales contiguas que pertenecen a distintas sílabas). A las palabras mencionadas se le suman algunas del llamado voseo: fia, fias, cria, crias, lia, lias, guia, guia, entre otras, que corresponden a una manera de hablar típica de los españoles. Así, un hidalgo menesteroso le dice al tendero: ¿qué tal si me fiais la leche para el crio? o Penélope Cruz nos pregunta (en nuestros sueños, claro): guapo, ¿qué tal si vos me guiais a un bar?

En todo caso, a los estudiantes colombianos les quedará más fácil -ya que una sílaba se pronuncia en un solo golpe de voz- acusar a la ministra de Educación de truhana y al presidente de truhan.

Cambios en algunas palabras de la letra q por la c. La letra q solo existe en español cuando está acompañada de la combinación ui como en quizás o de la ue como en queso. A partir del año pasado, palabras ya castellanizadas como quark, quasar o quórum deben escribirse cuark, cuasar y cuórum. Por las mismas razones la Real Academia Española recomienda que nombres provenientes de otras lenguas como Iraq o Qatar sean transcritos como Irak y Catar.

El tratamiento de extranjerismos y latinismos. Recuerdo que a un par de generaciones caldenses de intelectuales, literatos, tomadores de tinto y habladores de mierda, se les llamó “greconquimbayas” o “grecocaldenses”. Estos eran unos hombres clásicos capaces de hacer mixturas floridas de expresiones griegas, latinas y una herencia mestiza que, por fortuna, ninguna pluma europea pudo eliminar. De ahí los versos llenos de latinajos y el tono cuasierudito de sus textos. Leyéndolos aprendí una cierta cantidad de palabrejas que, posudo como todos los adolescentes, utilicé en esos tiempos.

Ahora y excusándome de la digresión, la RAE distingue entre las expresiones y palabras latinas que están ya adaptadas el español y las que no lo están. Las primeras tienen un uso frecuente como déficit, hábitat o ultimátum y a diferencia de sus originales latinas tienen tilde (el latín carecía de ellas).Estas se dejan tal y como están. Aquellas que no se han adaptado o que quien escribe desea conservar en su forma original, deben escribirse con letra cursiva, con lo cual se denota que son palabras de otra lengua como delirium tremens (lo que le da a los borrachitos), currículum vitae o vox populi. Lo mismo sucede con femme fatale (las que parece son irresistibles), weekend o ballet.

Todos los cargos y tratamientoz se escriben con minúscula. Cargos tales como ministro, presidente, rector, obispo, decano, vicerrector, magistrado o juez ya no se escriben con mayúscula inicial. Así, diremos “el rector Wasserman”, “el presidente Santos” o “el obispo xxx” (no sé el nombre de ninguno, ya no voy a misa...) De la lambonería burocrática desaparece también la mayúscula de expresiones como señor, don, sor, ilustrísimo, excelentísimos, honorables (¿Quiénes? ¿Los congresistas?)

lunes, 17 de octubre de 2011

SOBRE LOS MAMERTOS Y EL ORIGEN DE LA PALABRA


La palabra mamerto es curiosa. Pocos conocen su significado y la mayoría la usa con excesiva liberalidad; generalmente de forma despectiva. Con un “Oiga, usted si es muy mamerto” me han increpado algunas veces.

La palabra no es exclusiva de los colombianos, existe en otros países de América Latina con acepciones como lerdo, sagaz o cínico. Lo que en nuestra forma de hablar equivaldría a bobo, “vivo” o “conchudo”. Ninguna de ellas es acorde con nuestras definiciones que son mucho más diversas.

Enunciaré los cuatro sentidos en los que se usa el término. El último de ellos es el original y tal vez, por eso, el correcto.

-Un texto largo y dificultoso es muy mamerto. Así lo dicen algunos que pocas veces o casi nunca leen por placer y que se marean cuando están obligados a consumir dos páginas distintas a las de las secciones deportivas de los periódicos y las revistas.

- Mamerto es todo aquel que gusta de llevar “la contraria”, que “desarma un balín”, como diría mi abuela; que encuentra “peros” en todo.

- Mamertos para la mayoría son aquellos que o bien militan en algún grupo de izquierda o bien se portan de la forma como la mayoría consideran que proceden los "izquierdosos". Estos son los que condenan el TLC, el abultado presupuesto para la guerra, la justicia penal militar, los organismos internacionales de crédito, el capital financiero o la privatización. No importa si estos llamados mamertos ya no desayunan con los acordes de “La Internacional” que salen de una grabadora vieja (“…arriba los pobres del mundo…”) o si ya no se ponen trémulos cuando escuchan Trova Cubana.

- La acepción original de mamerto está vinculada con uno de los partidos colombianos, el Partido Comunista (PCC), tradicional por sus ocho décadas de existencia. La historia es simpática. Cuando alboreaban los años 60 comenzaron a surgir organizaciones de izquierda inspiradas en el ejemplo de la Revolución Cubana. Las agremiaciones sindicales, campesinas y el movimiento estudiantil eran hasta entonces instrumentos de los partidos liberal y conservador y de la llamada democracia cristiana. A nuestra imaginación le resulta difícil concebir a un dirigente obrero que disfrutara de las peroratas de alguien del oscuro talante de Laureano Gómez pero sorprendámonos,  así sucedía. Pues bien, estos partidos fueron progresiva y paulatinamente desplazados. Los trapos rojiazules y las camándulas fueron reemplazados por la hoz y el martillo, las encíclicas papales fueron desalojadas de los morrales por los libros de Marx y Althuser.

Dentro de estos movimientos, y entre ellos, había serias divergencias sobre el estado en  que, de acuerdo con la tradición marxista, estaba el país. La diferencia más seria tenía que ver con el carácter de la lucha política. Algunos consideraban que la Revolución era inminente y que en menos de una década un ciclón iba a derruir el apolillado capitalismo colombiano.

En esos años, coincidencialmente, una buena parte de los dirigentes del Partido tenían nombres como Gilberto, Filiberto o Alberto. El primero, Gilberto Vieira, fue su conspicuo Secretario General durante muchas décadas; un fósil erudito y conocedor, como pocos, de las luchas sociales. En el habla cotidiana de los colombianos quien se retracta, se arrepiente o procede con mesura es considerado “mamón” Quien se “mama” simplemente desiste y como bien se dice “para ese no hay ley”. En medio del sectarismo ideológico, algunas organizaciones de izquierda, en disputa permanente por nuevos feligreses, consideraban que el PCC era timorato porque rechazaba lo que este juzgaba aventurerismos prematuros. De la mezcla de esos nombres y del colombianísimo término “mamarse” surge la palabra mamerto. En la jerga de la izquierda colombiana “mamertiarse” puede ser o bien abandonar y posponer cualquier lucha (cualesquiera sean las razones), o bien adoptar posturas que se juzgan propias del PCC.

Una nota adicional: en los años 60 había en la radio nacional un programa de humor muy escuchado: "Los Chaparrines". Uno de los protagonistas, Mamerto, era torpe, ingenuo y muy cómico. Como entenderán, esta figura les cayó de perlas a quienes eran detractores del PCC o simplemente querían tomarle del pelo.

Tengo muchos amigos mamertos y debo confesar que, aunque en ocasiones sus cantilenas me aburren, admiro  su compromiso y convicción. ¿No es así, camaradas?

viernes, 7 de octubre de 2011

ERRORES GRAMATICALES DE LOS ACADÉMICOS


Academicus errare humanun est. Los académicos son una raza extraña pero necesaria. El compromiso que les exige sus disciplinas puede volverlos taciturnos y huraños, y con lamentable frecuencia, puede ponerlos en disputa con el correcto uso del castellano. Esto último sucede con más facilidad en una sociedad de la información en la que todos días mutan teorías, conceptos y desarrollos tecnológicos. Como en el universo macondiano, a veces el mundo es tan nuevo que para nombrar un objeto solo es posible utilizar un dedo extendido y decir “eso”. Los siguientes son errores frecuentes de profesores y académicos. Mis amigos me ayudarán a extender la lista de perlas.

Pánel: Esta es una actividad muy frecuente en nuestras universidades, en algún momento, tal vez incluso mientras garrapateo estas líneas, algún profesor está pensando en los rozagantes invitados para un panel. Solo que la palabra lleva el acento en la última sílaba y es por tanto aguda, como lo son trabajar, plural y pared; no se tilda porque no terminan en vocal, n o s. Pronunciarla como si el acento estuviera en la primera sílaba es un error muy frecuente. Su plural, en concordancia con lo anotado, es paneles y no páneles.

Recepcionar: Simple y llanamente horrible. Esa palabreja no existe en español y lo que se pretende señalar con semejante estropicio ya está incluido en recibir.

Accesar: Muy frecuente en el mundo de la computación. Es posible que a muchos técnicos les resulte muy elegante pero es una deformación gratuita de verbo acceder. En algunos casos basta con ingresar.

Tic,s – TICs: Esta es la sigla de Tecnologías de la Información y la Comunicación. La sigla no requiere la s ya que expresa siempre un plural. Si no fuera así habría que duplicar sus letras tal y como sucede con RR. HH. (Recursos Humanos) o FF. AA. (Fuerzas Armadas). La sigla, tal y como lo manda la santa madre Real Academia Española debe escribirse con mayúsculas. El resultado final es sencillo y sonoro: las TIC…

A futuro: Esta expresión contiene un mal uso de la preposición a. Debe decirse en el futuro.

Al interior – al exterior: El mismo error de la palabra anterior. En vez de “al interior de las universidad hay fuerzas oscuras”, como pregonan en el Ministerio de Educación, debe decirse “en el interior de…”

Escenario: La palabra está bien escrita pero se suele pronunciar equívocamente como “exenario”, con lo cual en vez de una sc se pronuncia una ks. De paso mencionemos que quienes tienen problemas con la pronunciación de la x, dicen, “tadsi”, “adsioma” o “esperimento”. Debo confesar que algunos de los dirigentes estudiantiles de otra época, cuando nos poníamos “finos” y fungíamos como analistas políticos decíamos, muy orondos, cosas como “el exenario político nos permite concluir que…”

A grosso modo: Bueno, aquí también sobra la a. La expresión latina significa aproximadamente, a grandes rasgos. Debe decirse “el poder ejecutivo, grosso modo, quiere maniatar las altas cortes” y no, haciendo la equivalencia del latinajo “…ejecutivo, a, aproximadamente, quiere…”

De acuerdo a - en base a: ¡Cómo nos encantan las a! Una secuencia de ellas sale disparada cuando los médicos nos hacen abrir la boca tanto como para recibir maná del cielo; y son las primeras que escribíamos cuando jugábamos “ahorcado” (¿si recuerdan?). Las expresiones correctas son: de acuerdo con y con base en. Así, en vez de ponernos pedagógicos diciendo algo como “de acuerdo a las investigaciones antes mencionadas”, debemos expresar “de acuerdo con las…"

A nivel de. A los amantes de los placeres de la mesa nos dicen que en la ingesta es bueno ir despacio para dejarle lugar al “plato fuerte” (que en mi caso pueden ser los fríjoles con chicharrón). Bueno, aquí está el mío: las expresiones “a nivel de” y “a nivel”. Ambas se han convertido en un comodín que no puede faltar en ninguna alocución. La gente dice que el programa no funciona a nivel estudiantil o que se tiene una enfermedad a nivel del hígado o que el PIB a nivel nacional está bajo o que tal artista está posicionada en el nivel internacional. En estos días le escuché a un periodista afirmar que cierto almuerzo de trabajo era solo a nivel de secretarios de despacho. Todas esas expresiones son incorrectas. La palabra nivel alude a la altura, y por extensión, al rango o a la jerarquía. Son gramaticalmente correctas expresiones como “la ventana está al nivel de los ojos”, “la educación es un problema de nivel ministerial”, “al nivel del mar la vida es más sabrosa”. En los otros casos hay que buscar expresiones sinónimas; en vez de en el nivel nacional podemos decir en el ámbito nacional, y el programa que no funciona a nivel de los estudiantes puede mencionarse simplemente diciendo que no funciona con ellos…

viernes, 30 de septiembre de 2011

UN HOMENAJE A LAS PALABRAS


Hace una semana se conmemoró un aniversario más de la muerte de Pablo Neruda, el más grande poeta del siglo XX. Con la muerte de Allende y la llegada del fascismo a Chile (12 días antes de su deceso), su cavernosa voz se convirtió en un hilillo incapaz de recrear las fuerzas telúricas de su Residencia en la tierra. Su humanidad, oxidada por la ingratitud de sus compatriotas y por el tiempo, perdió la última cruzada. Aunque quiero pensar que tal vez no. Tal vez ese confuso asunto de la muerte era solo una metáfora más. Todos sabemos lo extraños que son los poetas.

¡Tienen tanta fuerza las palabras! Cada una de ellas tiene la misteriosa capacidad de representar cosas distintas, los significantes no son unívocos, gozan de diversos significados. Escucharlas o leerlas nos trae a la memoria seres u objetos tal y como los conocimos y sentimos: violetas o amarillos, alargados u oblongos. Libro, nos hace recordar un objeto rectangular de solapas gastadas lleno de signos incomprensibles que -antes de que una bruja amable y rolliza nos castigara con la magia de la lectura- mirábamos con desconfianza y ansiedad. Olvido, a esa mujer para quien desaparecieron los calendarios y los relojes y que pese a nuestra congoja, se negó a llamarnos o escribirnos. Mierda, a la desesperación sarcástica de un coronel que conquistó la libertad cuando lapidó la esperanza. Algunas tienen una suerte de vida propia en la que parece ser que el tiempo las inviste de belleza. Pronunciarlas u oírlas es cadencioso, musical. Ante la imposibilidad de utilizarlas como nombre de nuestros futuros hijos o libros, preferimos bautizar con ellas esos instantes secretos que nos sirven para recordar lo que hay detrás del hollín y el estiércol. No todas aluden a lo glorioso, lo heroico o lo perenne, muchas simplemente nos quitan la camisa, nos lavan el rostro y nos recuerdan la debilidad de nuestra naturaleza. A otras las odiamos. Son las máscaras de lo grotesco o de lo ruin. Algunas tienen misteriosas propiedades: son ambidextras, hermafroditas, híbridas. Patria en mi paladar sabe a memorias, amigos y sueños compartidos pero también a demagogia, a tiranuelos con ganas de borregos.

Hace algunos meses, y gracias a un culto y hosco ingeniero que tiene la extraña y grata manía de regalar sus libros, descubrí a John Updike, uno de los más importantes escritores estadounidenses del siglo pasado, otro de los eternos candidatos al premio Nobel. Es el autor de esa inolvidable novela que es La feria del asilo. En otra de sus novelas o mejor, de sus colecciones de relatos, Donde termina el camino, el narrador, interpretando a uno de sus personajes, dice:

“y con un gesto similar dedicado palmoteo de aquel día, trazó con la yema de un dedo, una m en el aire. Fue un movimiento anhelante, tímido, exquisito, irresoluto, confidencial. Leyó en él todos los significados y supo que ella no dejaría de gesticular dentro de él nunca. Nunca. Aunque la sentencia de cualquier tribunal o la muerte misma llegara un día a separarlos, sus gestos, labrados en cristal, perdurarían siempre”.

Si esta es solo la declaración de un hombre enamorado de su esposa o la catarsis de un Updike con “una mujer atravesada en la garganta” no es importante. La belleza es autorreferencial, no requiere justificación.

Pero volvamos a Neruda. Su último libro, Confieso que he vivido, sus memorias, fue culminado en tanto este agonizaba. El último capítulo, dictado por el poeta a su mujer desde el lecho, fue una loa triste al muerto presidente de Chile. En ese mismo libro, semanas o meses atrás escribió el más bello homenaje a las palabras:

"Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras”.

martes, 20 de septiembre de 2011

LOS Y LAS: LAS NECEDADES DEL LENGUAJE INCLUYENTE

Si usted es un profesor que desea promover la fraternidad en sus estudiantes debe disertar de la siguiente manera: “las estudiantes y los estudiantes que estén atentas y atentos pueden ser solidarias y solidarios con sus compañeras y compañeros”. Exhortar simplemente a que “los estudiantes que estén atentos puedan ser solidarios con sus compañeros” es sexista y como tal, lo convierte a usted en cómplice del machismo cultural. 

Pero esa forma extendida que se ha puesto en moda en los últimos años no es más que un enorme error gramatical, innecesario y absurdo, que atenta contra la elegancia y la economía del lenguaje. Lo que se consigue no es una disminución de la discriminación social sino un texto farragoso que provoca tedio (Imagínense una de las largas disertaciones de nuestros políticos pronunciada en clave de lenguaje “no sexista”). Algunos utilizan la @ en vez de las vocales o y a, como en “los niñ@s” pero ello es un error casi tan grande como el anotado arriba. 

Es verdad que el lenguaje es a veces un instrumento que no solo refleja ciertas exclusiones sino que también contribuye a perpetuarlas, pero no pueden confundirse los atributos del lenguaje con el uso que se hace de él. A riesgo de que se me señale de “falocentrista” intentaré explicar los pormenores de mi molestia. 

El género, lo mismo que el número, es uno de los accidentes de sustantivo. Recordemos las lecciones más básicas de español: castillo es un sustantivo masculino y casa uno femenino. El adjetivo le añade calificaciones al sustantivo y guarda correspondencia con este; así hablamos de castillo majestuoso o de casa incómoda. Los artículos también obedecen a esa misma armonía: usted no dice, salvo que padezca de dislexia, los botellas limpias o las días oscuros. En ciertas circunstancias y con el ánimo de eliminar palabras absolutamente innecesarias, los artículos, sustantivos y adjetivos masculinos expresan los dos géneros. Cuando hablamos de los colombianos es evidente que ahí están tanto los hombres como las mujeres; en una alusión a los estudiantes de la Universidad Nacional están incluidos féminas y mozalbetes. Y si se dice que los primeros pobladores de América cruzaron el estrecho de Bering, salta a la vista que no hacemos referencia solo a los barbudos expedicionarios (que por más vigor y buena voluntad que hubieran tenido, no habrían podido poblar solos el nuevo continente), y que cuando los amantes de las generalizaciones mencionan a los habitantes de Manizales no están excluyendo a nuestras esposas, novias o hermanas. 

Respetables activistas de los derechos de las mujeres han reclamado a los cuatro vientos un lenguaje donde no se les “invisibilice”. Nadie puede objetar que el feminismo se ha convertido en una briosa corriente de pensamiento, en un movimiento social que, con justicia, reclama la abolición de la violencia doméstica y las desigualdades laborales de las que son víctimas las mujeres, que cuestiona el abuso mercantil que hacen los medios masivos de la belleza femenina. Ello ha tenido eco en las universidades. En los últimos años se han abierto muchos posgrados en género y sus investigadores y docentes han desarrollado meritorios y rigurosos trabajos, aunque, en ocasiones, no falten motivos para la hilaridad. Hace unos años formaba parte de una comisión que evaluaba una polémica reforma académica en la Universidad Nacional. Con el propósito de sostener una discusión participativa cada una de las facultades y departamentos envió documentos de análisis. El enviado por la Escuela de Estudios de Género era, según lo anunció el decano de la Facultad de Ciencias Humanas con una sonrisa, una perspectiva feminista de la Reforma Académica en la que se demostraba el reprochable sesgo machista de la misma. 

Las intenciones de la lucha son encomiables. Pero no es necesario torcerle el pescuezo a la lengua de Cervantes. De esto último tal vez no es responsable ese aguerrido feminismo cuya lucha por el derecho a la igualdad y la diferencia tiene cosas más importantes de que ocuparse. La caricatura simplista de este es la que se entretiene con los entuertos del lenguaje incluyente, la misma que cuando somos conferenciantes nos mira feo si no iniciamos con los consabidos bienvenidos y bienvenidas. 

Hace un par de años una concejal (¡concejala!) de Bogotá presentó un proyecto de acuerdo en el que se pretendía obligar al Distrito a que, en adelante, todos sus documentos estuvieran investidos por el lenguaje políticamente correcto: los bogotanos y las bogotanas… Como si en la caótica capital no hubiera nada más que hacer y como si en vez de un jugoso salario los miembros de la duma recibieran tapitas de Coca Cola. 

El absurdo nos regala, a veces, perlas dignas de una antología. Una publicación mexicana de 2009 titulada “10 recomendaciones para el uso de un lenguaje no sexista” nos da ejemplos: en vez de afirmar que algo “es responsabilidad de cada jefe de departamento” debe decirse, en buen castellano, que ese algo “es responsabilidad de cada jefatura de departamento” y en vez de anunciar que se “van a reunir todos los directores” debe comunicarse que se “van a reunir los y las titulares de las direcciones”. No se me había ocurrido que cuando me refería a las secretarias, a las enfermeras o a las recepcionistas estuviera utilizando abominables expresiones sexistas. Mi ignorancia fue disipada cuando la publicación de marras me informó que “había que evitar el uso exclusivo del genero gramatical femenino para las profesiones tradicionalmente asociadas con las mujeres”, entonces lo adecuado era hablar del personal secretarial, de enfermería o de recepción. 

En adelante, cuando quiera contarle a alguien que la secretaria del vicerrector es muy cordial, diré, en cambio, que “el personal secretarial de Vicerrectoría es muy amable”.

martes, 13 de septiembre de 2011

LAS COSAS "NEGATIVAS", ADJETIVOS Y EUFEMISMOS


Hoy, en la emisora más importante del país, la W, una presentadora previno a sus compañeras de micrófono de la grabación que se disponía a reproducir. Les advirtió que "era muy negativa". Yo me dispuse a escuchar a un ciudadano molesto con su vida, su situación económica o su vida afectiva; a un pesimista de los que consideran que afuera de su casa siempre hay un gato negro esperando que abra la puerta. Cuando la locutora reiteró la advertencia y aseguró que "era algo muy negativo" supuse entonces que el atribulado sujeto no solo había perdido la fe en sí mismo sino también en el país, en sus instituciones, en la sociedad, en el hombre mismo. Lo que captaron mis oídos, en cambio, fue la voz telefónica de un sicario de Medellín que le contaba a su "cucha" sobre su malestar porque no solo le "había tocado" matar a dos mujeres y a la hija de una de ellas, sino también "picarlas". Ante la confesión casi coloquial, su progenitora, sin un exceso de turbación en su voz, lo tranquilizó diciéndole "mijo, a usted le tocó..."

¡Y ese era el asunto "negativo"! No pienso criticar la escasez lexical de la periodista que pudo haberse referido, con otro adjetivo, a un hecho atroz, inhumano o bestial; que pudo anunciar la narración de un acto horrendo o sanguinario ... ¡pero hablar de algo "negativo"!

Se puede caer en la misma frivolidad que es posible cuestionar en el hecho, si algo como lo escuchado solo nos suscita preocupaciones gramaticales. Imagínense a un ciudadano preocupado por la manera como en su comuna los delincuentes maltratan la lengua de Cervantes y dispuesto a reclamarle al asaltante que le dice "gonorrea, bájese de todo" su mal uso del verbo bajar; pensemos en dos vecinos que observan una disputa con puñales y se incomodan con la manera como uno de los combatientes toma el cuchillo, al mango hay que agarrarlo más arribita. Más cercano a nuestra experiencia, pensemos en los arquitectos o planeadores urbanos que visitan un barrio sumido en la peor de las pobrezas y destacan con regocijo el creativo uso de la guadua o las desbordantes estéticas de la marginalidad.

La adopción de ciertos términos o expresiones, a veces contribuye al ocultamiento de ciertos problemas. Negarlos no es una buena estrategia -no faltarían los desadaptados que se atreverían a cuestionar las aseveraciones de la oficialidad- resulta mucho más efectivo, tal y como hace la cultura light, banalizarlos.